Muchas veces no damos la importancia suficiente a esa persona que durante más de 8 horas diarias está al lado de nuestros caballos.

Se trata del mozo, aquel que se entrega en cuerpo y alma para que nuestros amigos estén en las mejores condiciones posibles.

Ellos les dan de comer, les pasean, les curan. Ellos son su voz cuando algo no va bien, porque con tan sólo una mirada, saben si ese día están bien o mal.

Os hablaré del día que me di cuenta que sin ellos, los jinetes no son nadie.

Era un 24 de septiembre. Algo en uno de los caballos de casa no iba bien. Estaba incómodo, intranquilo, su malestar era muy sutil, pero ahí estaba y nadie más que él, el mozo, se había dado cuenta.

Suena mi teléfono, me dice que llame al veterinario porque alguna cosa falla. “Vete a comer” le digo, “que llegarán a verlo sobre las 4 de la tarde“. Su respuesta fue rotunda, “no me muevo de su lado hasta que llegue“, y así fue.

Llegaron, le auscultaron e hicieron todas la pruebas necesarias, nuestro querido caballo estaba con una impactación… “Dejarlo en observación y si veis que no evoluciona correctamente nos lo llevamos a la clínica para tenerlo más controlado“. Cuatro horas más tarde me volvía a llamar, ya que cada vez lo encontraba más incomodo y había decidido que se lo llevaba al hospital.

Cargó el caballo, se fue y ahí se quedó hasta que llegamos el resto para ver que estaba pasando. “Vete a casa y descansa, que esta noche será larga“, le dije. Con mirada de preocupación y a la vez de rabia, me contesto que él de ahí no se movía. Durante más de 24 horas permaneció a su lado, sin moverse, sin pensar en el cansancio que llevaba acumulado, sin ni siquiera pensar en que tenía que comer. No había manera que se fuera a descansar un rato al camión, solo pensaba que nuestro caballo le necesitaba a su lado…

Las cosas se nos complicaron. De una simple impactación, pasamos a una peritonitis y de ahí, a tener que despedirnos de nuestro caballo para siempre.

Antepuso sus sentimientos y su dolor para estar a su lado hasta el último minuto, su último suspiro. No dejó que se fuera solo, no dejo que sintiera miedo.

Mientras el resto estábamos en el jardín de la clínica, llorando desconsoladamente pensando que como nos podía estar pasando eso, él decidió tragarse sus lagrimas, ser fuerte y transmitirle paz a nuestro caballo para que se fuera tranquilo y con un amigo a su lado. Él fue el único que tuvo el coraje de permanecer acariciando su cara mientras cerraba los ojos en sus últimos instantes.

En el momento que todo acabo, explotó. Abrazados llorábamos como dos niños pequeños, sin consuelo ninguno, sin entender cómo y qué habíamos hecho mal para que eso terminara así.

En ese mismo instante, cuando no había manera de consolarlo, me di cuenta que nunca más lo íbamos a ver sacando su cabeza por la ventana, que sus relinchos se habían apagado para siempre, pero sobretodo que si no hubiera sido por él, nuestro mozo, todo hubiera sido mucho peor.

Me di cuenta del valor de tener un mozo como él en nuestras vidas. Le damos importancia a que los equipos esten limpios, que las crines esten perfectamente entresacadas… pero al final todo eso esta muy bien, pero tiene que pasar a ser un segundo plano ya que lo fundamental de un mozo, es que sea capaz de dejar su vida por la de ellos cuando más lo necesitan.

Todos los que tenéis la suerte de tener un mozo como el que tenemos nosotros en casa, sois los más afortunados del mundo. Podéis estar seguros que jamás fallarán a nuestros AMIGOS.

Este trabajo es una demostración de AMOR INCONDICIONAL hacia un animal, que sin su mozo, su compañero, su vida no sería la misma.

GRACIAS A TODOS LOS MOZOS VOCACIONALES QUE EXISTEN EN ESTE MARAVILLOSO MUNDO EQUINO, ESTE PEQUEÑO HOMENAJE VA PARA TODOS VOSOTROS! ¡GRACIAS DE CORAZÓN!